La Tierra, un planeta viviente

La Tierra es un milagroso punto azul, un oasis de vida en medio de la inmensidad de un Universo infinito. Se formó hace unos 4,600 millones de años y ha ido evolucionando lentamente hasta la actualidad, cambiando su geografía al mismo tiempo que evolucionan los seres vivos que la han poblado.

El Sistema Solar y la Tierra, parten del gas y el polvo cósmico de una nebulosa situada en uno de los brazos espirales de la Vía Láctea que empezó a contraerse, debido posiblemente, a la onda expansiva producida por la explosión de una estrella. Después se condensó y comenzó a girar, esta rotación hizo que la nebulosa adoptara la forma de un disco giratorio, en cuyo centro se concentró la mayor parte de la masa de la nebulosa que se fue comprimiendo y calentando hasta que en su núcleo se alcanzó una temperatura que permitió la fusión nuclear de los átomos de hidrógeno y así comenzó a brillar el Sol. La materia que no formó parte de la estrella, permaneció girando alrededor de ella, atraída por la gravedad.

Debido al descenso de la temperatura, se formaron fragmentos sólidos del tamaño de granos de arena, estos fragmentos colisionaron y se unieron formando cuerpos más grandes denominados planetesimales. Colisionaron entre sí durante muchos millones de años, constituyendo cuerpos de mayor tamaño hasta dar origen a los planetas, entre ellos la Tierra. Las colisiones liberan una gran cantidad de calor. Los átomos se desintegran y esperan el enfriamiento para reconstituir moléculas simples, luego moléculas complejas para llegar a esta molécula maravillosa denominada ADN que desde ahora en adelante sabrá reproducirse y memorizar información, abriendo vías así al camino de la evolución biológica.

Formación de la tierra

Durante muchos millones de años, la Tierra siguió recibiendo impactos de meteoritos y planetesimales y continuó incrementando su masa. Al crecer el planeta comenzó a calentarse debido a tres efectos combinados: la energía liberada por el impacto de los meteoritos, la concentración gravitatoria y la desintegración radiactiva de elementos como el uranio, el torio y el potasio. Llegó un momento en que la Tierra se fundió totalmente y comenzó una diferenciación en su interior: los elementos pesados (hierro, níquel) se hundieron y formaron un núcleo fundido que, en parte, aún permanece líquido; los materiales ligeros se dispusieron en el exterior formando la corteza y el manto; los materiales gaseosos escaparon del interior de la Tierra, formando la atmósfera.

La evolución del Planeta Tierra se ha descrito en etapas: El Precámbrico, que es la etapa más larga de la historia de la Tierra, comienza hace unos 4,600 millones de años y termina hace aproximadamente 570 millones de años. Durante este largo periodo de tiempo surgen las primeras formas de vida en nuestro planeta. La primera corteza continental se formó entre los 3,800 y los 2,800 millones de años. En el transcurso del Proterozoico, los océanos y la atmósfera fueron sufriendo cambios muy importantes. Aumentó la concentración salina del mar por las sales que el agua de lluvia disolvía de la tierra emergida y llevaba hasta los océanos y se formó una atmósfera oxidante similar a la actual.

Para la mayoría de los científicos, la atmósfera era rica en hidrógeno, metano, vapor de agua y amoniaco, pero no contenía oxígeno. Era, por lo tanto, una atmósfera reductora muy diferente de la actual. Hace unos 1,800 millones de años, la atmósfera pasó a ser rica en oxígeno debido a la realización de la fotosíntesis por algas unicelulares, este oxígeno se acumuló formando una disolución en el agua del mar y más tarde pasó a la atmósfera. A partir del oxígeno atmosférico se formó la capa de ozono imprescindible para la vida en la superficie terrestre.

El Fanerozoico, es la etapa más corta y comenzó hace 570 millones de años. Se ha dividido en tres grandes eras: Paleozoico, Mesozoico y Cenozoico.

El Paleozoico comenzó hace 570 millones de años, cuando aparecieron especies animales con caparazones o partes del cuerpo duras que permitían una fácil fosilización y terminó hace unos 250 millones de años. Al comienzo del Paleozoico, la Tierra estaba constituida por cuatro grandes masas continentales que constituyen el esqueleto de los continentes actuales. Durante esta era, estas masas fueron desplazándose y al final colisionaron y formaron una masa continental única llamada Pangea, rodeada por un gran océano que se ha denominado Panthalassa. Durante esta era se produjo una gran explosión de vida. Además de invertebrados, aparecieron los vertebrados y los vegetales arborescentes.

El Mesozoico o era Secundaria comenzó hace unos 250 millones de años y terminó hace 65 millones de años. Al comienzo, todas las tierras emergidas formaban el supercontinente de Pangea, pero durante toda la era se va fragmentando y desplazando hasta formar las masas continentales que conocemos hoy día. En esta era, los Ammonites y otros moluscos poblaron los mares. El rasgo característico fuer la explosión de los reptiles. Los mamíferos y las aves evolucionaron a partir de diferentes grupos de reptiles y proliferaron los grandes bosques de coníferas, siendo el mayor acontecimiento en el reino vegetal la aparición de las angiospermas (la forma más predominante de la floresta; son plantas con flores de las cuales dependen animales y hombres).

El fenómeno que pone en marcha el mecanismo de la deriva continental establece que, al adquirir la parte superior del manto un comportamiento similar a los líquidos por las condiciones de temperatura y presión, se generan corrientes de convección debido a las diferencias de temperatura entre el subsuelo continental y el oceánico. Estas corrientes, que son ascendentes en las dorsales, adquieren un movimiento lateral a ambos lados de la zona de extensión, desapareciendo hacia el interior de la tierra en las zonas de subducción, por debajo de los continentes. Las dorsales oceánicas se generan cuando en el Manto terrestre se produce un ascenso de rocas fundidas que rompen la corteza oceánica y dan lugar a la formación de una fisura de miles de kilómetros de longitud en la que se produce un intenso volcanismo. El ascenso de magma, provoca un abombamiento en la corteza, seguido de un estiramiento y la consiguiente rotura.

Aparte de los movimientos de convección, que están formando la corteza oceánica, hay otro tipo de movimiento que se produce cuando dos placas litosféricas, una oceánica y otra continental, entran en colisión, produciéndose un hundimiento de la primera bajo la segunda, de tal manera que la corteza oceánica que se forma en las dorsales se compensa con la que desaparece por el fenómeno de la subducción.

Al inicio del Cenozoico que comprende los últimos 65 millones de años, se produjeron los últimos movimientos de los continentes, ubicados a como los observamos actualmente. La actividad tectónica de esta era fue muy intensa. En Europa, se crearon los Alpes y en América siguieron elevándose los Andes y las Montañas Rocosas, que se empezaron a formar durante el Mesozoico. El final de esta era corresponde al periodo Cuaternario con una duración de 1,6 millones de años; se caracteriza por el descenso de la temperatura media de la Tierra, dando lugar a grandes glaciaciones. Durante este periodo tiene lugar la evolución de las especie humana, que tuvo sus orígenes al final del Terciario.

La corteza terrestre está dividida en aproximadamente veinte placas, limitadas por las dorsales centro-oceánicas, las zonas de fracturas transversales y las fosas oceánicas. Las placas se mueven unas respecto a otras y la dirección del movimiento entre dos placas, depende si las separa una dorsal, en cuyo caso se alejan una de otra, o una fosa oceánica, en cuyo caso se acercan. Las zonas de separación y choque de placas son objeto de frecuentes terremotos y actividad volcánica en general y constituyen gran peligro por su cercanía a los centros poblados.

Para mostrar una evidencia más de un planeta vivo, se plantea que uno de los balances más importantes en nuestro mundo se revela en la atmósfera que nos rodea. La atmósfera de la Tierra contiene los gases más apropiados en la relación más adecuada, de acuerdo a las necesidades para la supervivencia tanto de los seres humanos, como de todos los seres vivientes en la tierra.

El 77% de nitrógeno, 21% de oxígeno y 1% de dióxido de carbono, así como otros gases fácilmente disponibles en la atmósfera, representa el esquema ideal que se necesita para la supervivencia de los seres vivos. El oxígeno, un gas que es vital para los seres vivos, ayuda a quemar la comida y convertirla en energía dentro de nuestros cuerpos. Si la cantidad de oxígeno en la atmósfera fuera mayor a 21%, las células en nuestro cuerpo pronto comenzarían a sufrir mucho daño. La vegetación y las moléculas orgánicas necesarias para la vida también serían destruidas. Si esta cantidad fuera menor, esto nos causaría dificultades para respirar y la comida que comemos no se convertiría en energía, de manera que el 21% de oxígeno en la atmósfera es la cantidad más idónea determinada para la vida.

Cuidemos nuestro planeta

La Tierra es un planeta viviente en el que muchos sistemas complejos funcionan a la perfección y de forma continua, sin pausa. Cuando se le compara con otros planetas, es evidente que en todos sus aspectos la Tierra está especialmente diseñada para la vida humana. Constituida sobre equilibrios delicados, la vida prevalece en cada rincón de este planeta, desde la atmósfera hasta las profundidades de la tierra.

Toda la biosfera del planeta Tierra (o lo que es lo mismo, hasta el último ser viviente que habita en nuestro planeta, desde las bacterias a los elefantes, las ballenas, Tú y Yo) puede ser consideradas como un único organismo a escala planetaria en el que todas sus partes están casi tan relacionadas y son tan independientes como las células de nuestro cuerpo.

El Planeta Tierra, ha necesitado millones de años para convertir un infierno de fuego y ceniza en un paraíso de océanos, montañas y oxígenos, superando no pocas vicisitudes en forma de choque de meteoritos, desplazamiento de continentes, glaciaciones brutales, descomunal vulcanismo, intensos terremotos, intensa actividad del campo magnético terrestre y ahora, el planeta tiene que sufrir las bofetadas de sus propios hijos favoritos, los humanos, que en 200,000 años sobre la Tierra ha roto el balance del planeta, establecido por casi 4 mil millones de años de evolución. El precio a pagar es alto, pero es muy tarde para ser pesimistas: la humanidad tiene apenas 10 años para revertir la tendencia y darse cuenta de la total extensión de los daños a las riquezas de la Tierra y cambiar sus patrones de consumo.

El Planeta Tierra desde su nacimiento ha sido capaz de transformarse, crecer y como ocurre con todos los planetas y estrellas del universo, en un futuro muy lejano dejará de existir.

Autor: MSc. Lener Sequeira
Docente investigador del IGG-CIGEO/UNAN-Managua