Una nota corta sobre “habilidades y destrezas”

La presente nota ha sido motivada a raíz de las ricas discusiones generadas en el seno de la comisión interfacultativa de la UNAN-Managua para la actualización de las normativas de titulación de los nuevos egresados (¡ya era tiempo de comenzar a desensarrar cerebros en el quehacer académico de nuestra Alma Mater!). Particularmente adelanté en varias de esas fructíferas reuniones, la necesidad de suprimir la redundancia o muletilla que significa en estos tiempos referirse a “habilidades y destrezas” como conceptos diferentes, fútil lastre que acarreamos desde hace décadas los docentes, desarrollado en la evolución de la pedagogía, la psicopedagogía y otras disciplinas afines, en obediencia a diferentes interpretaciones epistemológicas y lexicográficas.

Al realizar una rápida revisión de la literatura sumamente abundante sobre el tema, el lector se encontrará con dos comunes denominadores sobre la diferenciación entre habilitad y destreza: la primera acepción está asociada a una versión de darwinismo social (recuérdese las nefastas consecuencias históricas para la humanidad de esta corriente de pensamiento), en la cual se atribuye un origen genético a la “destreza”, dado que se le considera algo innato, en la que cada ser humano llega a esta mundo siendo portador de las destrezas que habrá de demostrar en el desarrollo de su vida; y la “habilidad”, como resultado del proceso cognitivo a que está expuesto el individuo en su interacción con la familia, la comunidad, la escuela y la sociedad en general.

Dichosamente, en el Siglo XXI nos ocupamos continuamente de innovar, revisar, actualizar, desechar e incorporar continuamente nuevas luces al conocimiento. Como refería Engels en su Dialéctica de la Naturaleza, al comentar pasajes de la obra de Kant sobre la Historia universal de la naturaleza y teoría del cielo, citando a Newton con su célebre advertencia “¡Física, ten cuidado con la Metafísica!”, si oportunamente se hubiese tomado muy en serio este llamado, a los científicos de la época “les hubiese permitido hacer deducciones que habrían puesto fin a su interminable extravío por sinuosos vericuetos y ahorrado el tiempo y el esfuerzo derrochados copiosamente al seguir falsas direcciones”.

La habilidad o la destreza de enseñar y de aprender a interpretar, y nuevamente enseñar a interpretar el mundo real y los fenómenos, procesos y leyes que lo rigen, es el leit motiv del pedagogo. Debería serlo también para todo docente. Decía Albert Einstein, probablemente el más icónico científico del Siglo XX, que “La mente es como un paracaídas… Sólo funciona si la tenemos abierta”. Los conceptos no son por tanto, o por lo menos no deberían serlo, fósiles en el mundo del conocimiento. Los conceptos son entes vivientes que evolucionan y dan origen a nuevos conceptos o, en su defecto se extinguen, en este caso, como resultado de la selección del pensamiento social.

En el mundo de la pedagogía han quedado atrás los tiempos en que el docente asumía como irrebatible verdad, llevada a la práctica, aquella máxima que pregonaba que “la letra con sangre entra” o bien que “el niño tiene la oreja en la espalda”. Dichosamente en el Siglo XXI, gracias a la evolución de las ideas y de las nuevas prácticas asociadas a ellas, ya no nacen más niños con la destreza de tener una oreja en la espalda ni tampoco hay niños que desarrollan la habilidad de aprender en la escuela con sangre sus primeras letras.

Puede satisfacernos o no las referencias que figuran sobre “habilitad” y destreza” en el DEL, pero como en los viejos tiempos del imperio romano, cuando todos los caminos llevaban a Roma, en asuntos de la Lengua todos los caminos llevan al DEL, el Diccionario de la Lengua Española, algo así como el alfa y el omega del pasaje bíblico. Aunque ciertamente el DEL no está escrito en piedra, como los Diez Mandamientos, y por eso es objeto de permanente actualización, para responder a las cambiantes necesidades del mundo hispanoparlante. Y no compete en este caso a una persona, ni a cinco ni a diez, sobre quienes recae esta ingente tarea, sino sobre las 22 corporaciones académicas de la lengua y las diversas comisiones especializadas de expertos de diversas disciplinas que son convocadas a esos efectos.

Entre las comisiones que son llamadas por el Pleno Académico que aprueba el contenido del Diccionario, figuran:

• La Comisión Delegada del Pleno y para el Diccionario, que coordina a las demás comisiones y se encarga de los asuntos correspondientes a la técnica lexicográfica.
• Las comisiones especiales para la preparación del Diccionario, las cuales al trabajar con pequeños grupos de académicos, agilizan el trabajo del órgano colegiado general y tienen sus mismas competencias.

• Las comisiones especializadas, formadas por académicos expertos en el asunto del que se trata.
• El Instituto de Lexicografía, que prepara los materiales que son discutidos más tarde en el Pleno o en las distintas comisiones.
• Los académicos correspondientes de la Lengua Española, quienes elaboran propuestas sobre el léxico de la zona donde residen.

Por demás, se trata de un trabajo acucioso, minucioso, tedioso, pero necesario e insoslayable, el cual nos impone a todos una camisa de fuerza de la que no se puede escapar, so pena de reiterar la condición de incurrir en un acto cuasi delictivo, como sucede con harta frecuencia cuando se revisan trabajos plagados de verdaderos horrores y crímenes contra la ortografía.

Ni los James Bond del lenguaje ni los del mundo de la ciencia se escapan de este rígido pero necesario andamiaje que le confiere consistencia, cohesión y fortaleza al idioma español y sus implicaciones prácticas, para que este no se nos convierta en una Torre de Babel. Baste poner como ejemplo la utilización del Sistema SI, el Sistema Internacional de Unidades que reemplazó ya desde la década de los 60 al vetusto Sistema Métrico Decimal. El SMD nos acostumbró a utilizar comas para separar los miles y puntos para separar los decimales. Así, para escribir un millón, siento setenta mil doscientos veinticinco córdobas con cuarenta y cinco centavos, debía escribirse, 1,175,225.45 córdobas. El Sistema SI, refrendado por la RAE, nos dice que la manera correcta de escribir esa cantidad es reemplazando las antiguas comas por espacios simples, y los puntos, por comas. La misma cantidad deberá escribirse ahora de manera correcta, como 1 175 225,45 córdobas. En Nicaragua, adicionalmente, todas las empresas, instituciones y profesionales estamos obligados por la legislación nacional, a escribir como lo establece el Sistema SI, refrendado por la Real Academia Española. O sea, que en nuestro país, quien no proceda de esa manera, además de infringir lo convenido internacionalmente, está infringiendo la legislación nacional. Así son las cosas.

Volviendo al DEL, En octubre de 2014 se publicó la vigesimotercera edición del Diccionario de la Lengua Española, dedicado al tricentenario de la RAE. En este titánico trabajo participaron las 22 corporaciones que conformaban entonces ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua Española (La Academia Nicaragüense de la Lengua es una de sus integrantes), la cual se propuso tres objetivos principales con motivo de tan importante ocasión: enriquecer el Diccionario, modernizarlo y hacerlo más coherente. Durante el XV Congreso de ASALE realizado del 22 al 25 de noviembre de 2015 en Ciudad de México, solicitó su ingreso a la Asociación la Academia Ecuatoguineana de la Lengua Española (AEGLE), siendo aprobada su membresía durante la reunión de directores y presidentes realizada en San Juan de Puerto Rico, el 19 de marzo de 2016. El próximo y VIII Congreso Internacional de la Lengua, CIL, se realizará del 27 al 30 de marzo de 2019 en la ciudad de Córdoba, Argentina.

Hasta entonces se esperan cambios que seguramente ameritarán la preparación de una nueva edición del Diccionario de la Lengua Española, en correspondencia con los objetivos de ASALE. En la edición de 2014, la cual contiene los más recientes cambios en el DEL, puede consultarse el significado de los conceptos habilidad y destreza, en el cual prescribe lo siguiente (cita textual tomada del DEL):

habilidad
Del lat. habilĭtas, -ātis.
1. f. Capacidad y disposición para algo.
2. f. Gracia y destreza en ejecutar algo que sirve de adorno a la persona, comobailar, montar a caballo, etc.
3. f. Cada una de las cosas que una persona ejecuta con gracia y destreza.
4. f. Enredo dispuesto con ingenio, disimulo y maña.
hacer alguien sus habilidades
1. loc. verb. coloq. Valerse de toda su destreza y maña para negociar y conseguir algo

destreza1
De diestro.
1. f. Habilidad, arte, primor o propiedad con que se hace algo.
2. f. desus. esgrima.

Si por ahora estas son las reglas del juego aprobadas por los eruditos y máximas autoridades del idioma español (detrás de los cuales están todos los recursos científico-técnicos que son requeridos de manera pertinente), ¿tiene acaso sentido navegar contra la corriente, en defensa de una vieja y valetudinaria tradición entre los docentes que a estas alturas cabalga como jinete sin cabeza, a contrapelo de la versión Siglo XXI de unas reverdecidas habilidades o destrezas?

El único sentido que podría seguir teniendo la referencia a habilidades y destrezas estaría en el contexto de las 20 casas de barro y cañabrava del Macondo de los Cien Años de Soledad Gabriel García Márquez, donde el Coronel Aureliano Buendía, en sus seniles años de retiro, al estilo mítico de Aracné, elaboraba pescaditos de oro, los cuales después intercambiaba por monedas de oro que a su vez fundía para volver a elaborar pescaditos de oro, y así reiniciar su auntoimpuesto y dulce suplicio de orfebre émulo de Sísifo para escapar de la realidad y del pasado.

Darwin Juárez Juárez

Doctor en Ciencias Económicas. Vicedecano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería, UNAN Managua.

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