Teoría del Poder, Política y Democracia en la era Moderna 

El poder político consiste en la organización, dirección y uso de la fuerza en una sociedad; hoy día la forma de esta organización es el Estado. Además de la fuerza y las leyes, el Estado requiere legitimidad. Este concepto, que existe desde la antigüedad, adquiere relevancia política en el pensamiento moderno e ilustrado, pero tras la restauración monárquica del siglo XIX, vuelve a surgir con nuevo vigor en la primera mitad del siglo XX. En los últimos cincuenta años el debate sobre la legitimidad se centra en las formas de la democracia y en el Estado constitucional.

El poder y la autoridad son temas centrales de estudio de la ciencia política. Pero aunque esta disciplina existe desde la Grecia clásica, el tema del poder no ha sido objeto específico de estudio hasta la época moderna, con Maquiavelo, Hobbes y otros autores (Dahl 1976: 294).

El Estado es sólo una forma, la más completa hasta ahora, de las que ha adoptado la sociedad política. El Estado es un modo de organización, dirección y uso de la fuerza dentro de una sociedad. Es, por tanto, sólo una forma, entre otras, de ejercer el poder político. Es sólo un medio o instrumento para detentar y usar ese poder.

Hay dos conceptos de Estado: uno identifica al Estado con el aparato de poder que organiza y dirige a la población de un determinado territorio; otro identifica al Estado con la población que vive en ese territorio, o sea, con toda la sociedad, que se llama sociedad política porque es a la vez sujeto y objeto de dicho poder.

Una vez que se ha adquirido el poder por alguna de estas dos formas, se plantea el mantenimiento e incluso el incremento de dicho poder por parte de los gobernantes. Uno de estos objetivos es mantener sometida a la población, recibiendo la obediencia a sus mandatos. Las armas y las leyes son los instrumentos básicos de este sometimiento.

Por su parte, Maquiavelo escribe en El Príncipe: “Los principales fundamentos que tienen todos los Estados, tanto nuevos como viejos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas”.

Bertrand Russell define el poder como “la producción de efectos que se pretenden. Es un concepto cuantitativo”. Pero hay dos formas de poder básicas: una sobre seres humanos y otra sobre cosas o seres no humanos. El poder sobre seres humanos se puede ejercer individualmente o a través de una organización. En este segundo sentido, el poder que se ejerce sobre seres humanos a través de la organización del Estado es el poder político, cuya regla de ejercicio es el derecho.

Weber introdujo la cuestión en su gran obra de sociología comprensiva, economía y sociedad. La legitimidad en Weber aparece asociada al concepto de dominación. Primero distingue poder y dominación. El poder es “la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” (Weber 1979: 42).

La democracia moderna nace sustentada en la idea de la representación. Los representantes representan a los representados y ejercen el poder a nombre de éstos. La soberanía es la fuente del poder y reside en los representados.

El ideal de la democracia y del Estado de Derecho es, entonces, la coincidencia entre legalidad, que es el apego a las formas jurídicas y al mandato de la ley, y legitimidad que es la subordinación de la ley, fuente del poder, a la voluntad general de la que hablaba Rousseau.

Los creadores de la Teoría de la Democracia y el Derecho Modernos, son Hobbes, Locke, Kant y Rousseau.

Las decisiones políticas y el sistema legal, en general, están desajustados con respecto a los requerimientos de la sociedad que va surgiendo de estos cambios.

El aparato político y jurídico cambia a una velocidad mucho menor que el de la sociedad. El Estado y el derecho van a la zaga de los avances tecnológicos, su velocidad es mucho menor y, por lo mismo, su eficacia también. Eso explica tal vez la sensación, cada vez más generalizada, de la inutilidad de la política y de la insuficiencia del derecho ante las exigencias del tiempo que estamos viviendo. Este desajuste entre la política y la sociedad pareciera ser un rasgo dominante de nuestra época.

Por ejemplo, cómo enfrentar el problema del empleo en una sociedad en donde la mano de obra ha devenido cada vez más superflua; cómo asumir desde el plano de la política una sociedad en la que por primera vez la producción de los medios de producción es mayor que la producción de los bienes de consumo; cómo tratar el problema de un sector no irrelevante de la población que no puede ni podrá incorporarse al contexto de la sociedad actual, constituyendo, por tanto, un segmento irreductible a la misma.

Todos los contractualistas modernos asumen el Contrato Social como el punto de partida del nacimiento de la sociedad, el derecho y el Estado. Todos abandonan la idea del origen divino del poder y asumen que la soberanía reside en el pueblo, fuente última de la legalidad y la legitimidad. Todos coinciden en que el contrato es el primer paso, fundamento de los demás, en el abandono del estado de naturaleza, que es para todos, sobre todo para Hobbes y salvo para Rousseau, el estado de guerra de todos contra todos en el que el hombre es el lobo del hombre.

El Contrato Social del que surgen la sociedad y el Estado refleja, de alguna manera, la existencia de una conciencia esperanzada en la condición humana de transformar el estado de naturaleza con toda su carga instintiva y violenta, en una comunidad pacífica y democrática regida por las leyes y las instituciones mediante la razón que se expresa en esas leyes y esas instituciones, concreción objetiva de la voluntad social.

El concepto moderno de democracia ha conocido distintos contenidos sobre en qué consiste y cómo debe ser el “gobierno del pueblo”, ha tenido asociadas distintas expectativas de futuro para el individuo y para la comunidad, ha pasado de ser un concepto peyorativo durante mucho tiempo a convertirse en un ideal para la convivencia humana, se ha referido a un demos como sujeto del poder político de distinta amplitud, ha sido utilizado para diseñar, y controlar, con distintos medios al poder político.

¿Hasta dónde la Teoría Neoliberal del Mercado, predominante hoy, fractura los principios del liberalismo clásico al extremo de ser incompatible con el mismo? ¿Hasta dónde la idea del mercado como expresión del Derecho Natural en la historia, como es presentada por algunos de sus apologistas, excluye la idea de una sociedad mundial construida sobre principios convenidos por la propia comunidad y expresados como Voluntad General en el Contrato Social?

En lo que hace al derecho y la política, lo jurídico, las reglas del juego, como las llama Norberto Bobbio, siguen siendo las mismas a pesar de que ya el juego ha cambiado. Es imperativo que estas reglas se refieran a la situación del cambio de lo político, es decir, del juego mismo. Esto no significa que el derecho deba santificar en todos los casos todas las situaciones políticas planteadas, sino dirigirse a ellas, para regular, modificar o encauzar, según el caso, la situación de que se trata.

Es ante estos desafíos que debe reconstruirse una nueva Teoría de la Democracia que trate de dar, en forma creativa e inteligente, nuevas respuestas a viejas preguntas, y sobre todo, nuevas respuestas a nuevas preguntas.

La ciencia política de las últimas décadas sobre todo ha desarrollado una perspectiva empírica en el análisis comparado de los sistemas democráticos, junto a la que subsiste la perspectiva normativa de qué debe ser la democracia atendiendo a determinadas exigencias de desarrollo y perfeccionamiento del ser humano y de la comunidad política.

Por: Doctor, Máximo Andrés Rodríguez Pérez
Decano FAREM Estelí, 30/06/17.

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