UNAN-Managua

Guerrilleros de la Alfabetización. Crónicas de la insurrección cultural de 1980 Rostros y huellas de una generación

Por Martha Ortiz
Periodista

Docentes alfabetizadores de la UNAN-Managua comparten testimonios de sus vivencias con el campesinado nicaragüense, en el hito más grande de la historia de nuestro país, la Cruzada Nacional de Alfabetización.

23 de marzo de 1980, el primer paso estaba dado, 95 000 alfabetizadores se concentraron en la Plaza de la Revolución para iniciar su viaje a las zonas rurales de todo el país.

La Cruzada Nacional de Alfabetización, llamada «Héroes y mártires por la liberación de Nicaragua», concentró a maestros y estudiantes sandinistas de todos los sectores. El objetivo de la cruzada, además de combatir el analfabetismo, era mostrar al mundo el poder de la juventud revolucionaria de Nicaragua.

La vida sencilla del campo me hizo reflexionar sobre el verdadero significado de la felicidad

Ángela Rosa Munguía Beteta, Vicedecana de la Facultad de Educación e Idiomas, nos comparte que cuando recibió la noticia de integrarse al ejército alfabetizador se llenó de mucho entusiasmo.

Soy originaria de Jinotepe, Carazo. Alfabeticé en las zonas rurales de Diriamba, tenía 17 años cuando me integré a la Cruzada Nacional de Alfabetización, para mí el hecho de dar todo lo que tenía y crear lazos de fraternidad con los campesinos, fue la mayor lección de mi vida.

“En la mañana tocaba ayudar en las labores, y en la tarde dar las clases. Nuestra escuadra era solo de mujeres, pero entre todas nos cuidábamos, la población nos quería bastante y también nos protegían. Como brigadistas nos fuimos ganando la confianza de la gente”.

La maestra Ángela Munguía reveló que en el proceso de convivencia con el campesinado aprendió a hacer tortillas, cuajadas y labores de agricultura. “Ver la vida sencilla del campo me hizo reflexionar sobre el verdadero significado de la felicidad. El hecho de poder dar todo lo que yo tenía y crear lazos de fraternidad con los campesinos, fue la mayor lección de mi vida. Irnos fue muy difícil, fue duro despedirse, las lágrimas eran inevitables. La alfabetización significó un cambio de mentalidad”.

La maestra Munguía insiste en la importancia de mantener viva la memoria de estas remembranzas, “siempre le hablo a mis estudiantes sobre la cruzada, lo que significó para mí, es necesario transmitirles a las nuevas generaciones las necesidades que tienen las comunidades” afirmó.

La alfabetización fue la mayor escuela de mi vida

José del Carmen Miranda, Director de la Escuela Preparatoria de la UNAN-Managua comenta que fue supervisor de los brigadistas en las comarcas de Teustepe y comunidades de San Ramón, Matagalpa.

Soy originario de Nandaime Granada, tenía 28 años cuando me fui a alfabetizar a las regiones del Atlántico Norte, en Walana. Recuerdo los paisajes de los cafetales, el ambiente de las tierras del norte, las leyendas, las tradiciones de las regiones, pero sobre todo la humildad de la gente, eso es algo que se lleva en el alma

“Fui responsable de 600 estudiantes y de 60 docentes brigadistas. Fue una experiencia maravillosa, atendí a ocho comarcas. La cruzada fue una escuela, una universidad, una maestría, como juventud pudimos constatar la realidad del campesino nicaragüense. Era ese compartir roles y aprender también de ellos, por ejemplo, la sabiduría del manejo de sus tierras, sus tradiciones, su cultura, cuentos, cantos y leyendas”, sostuvo.

Uno de los mayores retos durante la cruzada fue convertirse en corto tiempo en un técnico médico, “recuerdo haberle salvado la vida a un niño que estaba muriendo. Nunca se me va olvidar, pasé una semana atendiendo a los campesinos, curé a personas de leishmaniasis, fiebre de montaña y tórsalos. Hacer todo eso fue un reto para mí sin ser médico de profesión”, confesó.

“Me siento orgulloso de haber tenido a la alumna más destacada de la alfabetización a nivel regional. Cuando recibí el diploma de reconocimiento por todo lo aportado a la cruzada comprendí el valor incalculable de mis vivencias.”, sostuvo. Actualmente José Miranda es miembro activo de la Asociación de Educación Carlos Fonseca Amador en donde continúa colaborando para proyectos de alfabetización en las regiones indígenas junto al maestro Orlando Pineda, presidente de esta asociación.

El amor y la paciencia fueron la clave de los aprendizajes

Magdaly Bautista Lara, Responsable Facultativa de Posgrado de la Facultad de Educación e Idiomas, trabajaba en el colegio en el Eliseo Franciscano y era miembro de la Asociación Nacional de Educadores de Nicaragua (ANDEN) José Antonio Zepeda, cuando se integró a la brigada.

Soy originaria de Chinandega, tenía 22 años cuando me fui a alfabetizar en el municipio de Acoyapa, Departamento de Chontales. Fui brigadista roja y negra de ANDEN. Integrarse a la vida del campesino era fascinante y me dejó como elección el amor por la docencia. 

“Recuerdo que nos levantábamos de mañanita, ayudábamos a ordeñar las vacas y palmear las tortillas. Como las distancias eran considerables, teníamos que transportarnos a caballo o en mula. Mis planes didácticos los hacía por las noches bajo la luz de un candil, como no había agua potable era frecuente el uso de los tinajones, el agua se mantenía fresca y deliciosa en ellos”, expresa la Doctora Bautista.

“El amor y la paciencia fueron la clave para los aprendizajes con gente mayor. Integrarse a la vida del campesino era fascinante. Recuerdo que los domingos realizábamos fiestas en los patios de las casas para motivar a las familias”.

La doctora Magdaly compartió entre sus vivencias una en particular que le cambió la vida, el 11 de junio de 1980 cuando se disponía a cruzar el río Acoyapa en su mula, la crecida del mismo la hizo resbalar y caer, “con las primeras lluvias el río se acrecentaba. Todo pasó en instantes, el estribo se me había enredado con la bota. Yo gritaba con todas mis fuerzas pidiendo ayuda, el agua seguía subiendo y subiendo hasta llegarme a las orejas.”

“Nunca olvidaré ese momento, Dios mandó ángeles. Una familia pasaba por la zona, recuerdo a unas mujeres y a un muchacho auxiliándome para salvarme del río embravecido. Ese día perdí mi mochila con todo el material de estudio. Lloré muchísimo por los nervios. De ese evento aprendí algo, y fue a darme cuenta del valor de mi propia vida, y que debía estar siempre al servicio de los más necesitados”, aseguró.

Una de las lecciones más importantes de la cruzada para la doctora Bautista fue el enorme respeto y admiración que demostraron los campesinos hacia los brigadistas, además de la humildad característica en cada uno de las familias.

Dejar un legado de amor depende más allá de tu condición

Ramón Dávila José, docente del Departamento Multidisciplinario de la Facultad de Educación e Idiomas, comparte su experiencia de haber alfabetizado y de participar en las capacitaciones para trabajar con las cartillas de español y matemáticas. “Las familias eran muy pobres vivan en chozas, no había energía eléctrica, ni agua potable. Siempre observaba el trabajo bien elaborado de los artesanos manejando el bambú para hacer canastos y mueblería”.

Soy originario de Masaya, tenía 19 años cuando me interné en la comarca Pacayita, estaba en cuarto año de secundaria. La despedida aquel 23 de agosto de 1980 fue terrible, creo que ninguno de los brigadistas nos queríamos ir. Llegamos a desarrollar lazos afectivos tan fuertes que sentimos dejar a una segunda familia

“Lo que más me marcó fue la despedida de la comunidad, creo que no existe brigadista que te diga lo contrario. Dejar un legado de amor depende más allá de tu condición, el brigadista daba todo lo que sabía y para el campesino fue un tesoro aprender a leer.

Canciones como la Josefana, y regresaron los muchachos, el himno de la alfabetización, entre otras, son melodías que nos hacen volver en el tiempo”.

“Los valores que prevalecieron en cada equipo de brigadistas eran el compañerismo, la solidaridad, la hermandad, la amistad, el cariño, la protección y el amor a la madre tierra. Es importante hacer estas remembranzas, compartir las lecciones aprendidas, compartir con la juventud actual los logros alcanzados de una generación con convicción revolucionaria”, manifestó el doctor Dávila.

El acontecimiento histórico de la Cruzada Nacional de Alfabetización de 1980 marcó la realización de proyectos posteriores a la revolución en materia de educación.

A partir del año 2007 el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional impulsó la Campaña Nacional de Alfabetización «De Martí a Fidel», con el protagonismo de 57,631 alfabetizadores, al atender a 122,949 nicaragüenses, lo que permitió reducir el analfabetismo al 4.1%.

Del 2010 a la fecha se han realizado 26 jornadas de alfabetización en todo el país, en las que se ha acompañado a 299,574 protagonistas, con participación de 59,915 jóvenes alfabetizadores. Este movimiento popular denominado la insurrección cultural también costó vidas humanas, entre ellas, la del joven maestro Georgino Andrade. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura (UNESCO) en 1981 otorgó a Nicaragua el reconocimiento internacional con la Medalla Nadezhda Krúpskaya y la distinción Memorias de la Humanidad en el año 2007.