La guerra del dominio sexual

 

Desde el principio de la racionalización humana se han establecidos disparidades entre dos mundo únicos e indiscutibles, como es el tema de género, tanto en la especie animal como humana. Es cuestionable el término de “Dominio”, ya que con este término se quiere establecer la prevalencia entre el género masculino sobre o por encima del género femenino o viceversa según la costumbre y cultura de algunos países, dando origen al patriarcado o matriarcado.

¿La desigualdad e indiferencia con el género femenino tendría su origen acaso en las Sagradas Escrituras o en la interpretación Bíblica conveniente para el hombre acerca de las mismas? o podríamos preguntarnos, ¿por qué el hombre en su género ha adoptado una postura de ser el alfa de la familia, y creerse no solo superior sino como representante del sexo fuerte o dominante?, ¿qué podemos decir de la era primitiva?, ¿sería también la historia, la que ha contribuido e influido en el pensamiento del ser humano y ha remarcado una secuencia irrevocable en el predominio del “sexo fuerte”?, conste, que ha sido el hombre quien le acreditó a la mujer como el “sexo débil”.

Un fenómeno social, que se ha convertido en una pandemia, en algo viral, y que ha florecido como los prados en primavera, es el asesinato de tantas y tantas mujeres; todos los días, las muertes de ellas a manos de sus cónyuges, son noticias, tanto nacionales como internacionales, es preocupante y alarmante el alto porcentaje de femicidios; en la actualidad, parecieran ser casi incontables los casos en Nicaragua como en el resto del mundo. ¿Qué está ocurriendo entonces, en el pensamiento y en la conciencia del hombre?, ¿por qué están asesinando a tantas mujeres?, la respuesta tiene su origen en los celos, y estos, conllevan a una serie de sentimientos negativos. El acto de “matar”, producto del odio originado por los celos, que evocan rencor, encaminado en la venganza, es, no solo un acto sanguinario, inhumano, cruel; también es un acto deshonesto del llamado “poder del hombre”, del famoso “dominio sexual” o conocido comúnmente “prevalencia del sexo fuerte”.

Quitar la vida de una mujer, de ser casada y ser madre, es quitarles la vida a sus hijos; y de ser soltera, es destruir las esperanzas de sus familiares. Es por ello, que cuando se asesina a alguien, se hace pensando o creyendo en el “dominio o prevalencia”, es decir, en el derecho que se atribuye un ser humano sobre otro. Entonces, surge una cuestión, ¿tiene que ser sumisa la mujer ante el hombre?, ¿es la mujer acaso una propiedad del hombre?, ¿la mujer es acaso un ser inerte que no siente ni razona?, y si hablamos de derechos, entonces surgen otras preguntas, ¿quién le otorgó los derechos al hombre sobre la mujer?, ¿por qué la mujer ha callado?, ¿por qué ha permitido que se le violen sus derechos?, acaso, ¿no piensa en si misma?, al final, ¿de quién es la culpa?, ¿de un hombre que se ha apoderado de los derechos de la mujer por culpa de ella misma?, o ¿del silencio, aceptando tales acciones que estropean sus propios derechos?

La mujer no contrae matrimonio para ser esclava, para ser propiedad privada de un hombre, para mantenerla sumisa ante sus órdenes, tampoco la mujer es un objeto sexual, ni un animal al que va a maltratar; conste, que hasta a los animales se les debe respeto. La mujer es tan humana como el hombre, tiene vida al igual que un hombre, razona y siente al igual que un hombre, y contrae matrimonio para ser feliz y para amar. Es por ello, que si hablamos de equidad de género, estaríamos hablando en vano, es más, no se debería ni de hablar de equidad de género para establecer diferencias entre hombres y mujeres, hablar de esta equidad, estaríamos estructurando los derechos del hombre muy aparte de la mujer, estaríamos fraccionando la libertad de la persona sin importar el género. La equidad es un derecho innato del ser humano, se nace con derechos, aun desde la concepción del ser humano en el vientre materno. Luchar por derechos innatos, es una falta de respeto a la dignidad del ser humano, al autoestima; así como no se lucha por respirar, mirar, oler, escuchar, hablar, pensar y sentir; así tampoco se debe de luchar por quienes somos, ni por lo que valemos; por lo tanto, ningún ser humano es inferior ante otro y ningún ser humano es superior a otro.

Somos seres complementarios, cada uno tiene su razón de ser, su razón de existir, esto nos hace únicos, especiales; por tanto, no importa si eres hombre o eres mujer, lo que importa es que tienes un derecho inherente en este mundo,  el derecho a la vida. Nadie, absolutamente nadie puede arrebatar la vida de una persona; hombres y mujeres somos iguales en medio de nuestra diferencia sexual.

Lic. Montes Leiva, Jorge Isaac
19/03/2018

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