Educar con amor es la clave para fortalecer valores

“Dar Amor, constituye en sí, dar Educación”
Eleonor Roosevelt

Este año se cumple el 70 aniversario de haberse firmado uno de los documentos internacionales más importantes en la historia del mundo, “La Declaración Universal de los Derechos Humanos”, y aunque la lucha por conquistar el respeto y cumplimiento de los mismos fue tarea de siglos en distintas civilizaciones a lo largo y ancho de todo el mundo, hemos sido los docentes los que tenemos la batuta de hablar de ellos con nuestros estudiantes en el aula de clase insistiendo en la importancia que tienen en la vida de cada ciudadano.

Si algo ha movido el corazón del ser humano ha sido la compasión en los hechos lamentables de la historia, pero no hay compasión sin existencia de amor. El amor es una palabra universal demasiada infinita para definirse sencillamente en un enunciado oracional simple, porque la sola palabra implica tantas cosas. El amor es variado y diverso, pero tiene distintos grados de manifestación.

El amor en el corazón del hombre ha llevado a despertar el sentido de justicia ante la injusticia, sobre todo cuando algo es demasiado nocivo. Tuvieron que suceder dos guerras mundiales para darnos cuenta de la necesidad urgente de solidarizarnos unos a otros y frenar el daño colateral que generan este tipo de acontecimientos lamentables. Ha sido el interés por la dificultad del otro lo que nos ha llevado a crear cosas fascinantes y positivas para la armonía universal.

El objetivo de este breve artículo es llevarnos a la reflexión continua de nuestro quehacer, en aquello que a veces vemos como subjetivo, pero en realidad es sustancial. Para los educadores ha sido una lucha inclaudicable instar al cumplimiento de los valores, las buenas costumbres, pero sobre todo el respeto, la tolerancia y la igualdad de condiciones, sin embargo “El Principio de la Educación es predicar con el ejemplo” como diría Anne Robert Jacques Turgot, no podemos ser contradictorios de proferir lo que no hacemos, nuestras acciones deben de demostrar nuestros propios valores y raciocinio.

Sobre el tema, Sydney J. Harris expresa: “El propósito entero de la educación es convertir los espejos en ventanas”. No podemos ser agentes de cambio positivo, sino trabajamos con esmero la proliferación tan necesaria de una cultura de paz en nuestra sociedad. Es urgente rescatar el sentido de compromiso social que no solo es responsabilidad de los padres de familia, sino de nosotros los educadores. ¿Quién no nos garantiza que como docentes seamos más escuchados que los propios padres de familia?, es cuestión de acercamos a nuestros estudiantes de manera estratégica y respetuosa para hacerles ver que ellos son el garante transmisor de nuevos valores y respeto hacia los derechos humanos de cada ciudadano.

Día a día observamos jóvenes tristes, jóvenes que manifiestan desencanto, que desisten de soñar y, en muchos casos, estudiantes que prefieren quedarse una tarde sentados en una banca en lugar de ir a sus hogares. Esos son eventos que nos deben de llamar mucho la atención, ya que nos demuestran: Desmotivación y problemas en su núcleo familiar.

Muchos universitarios tienen sus propias dificultades, no obstante es nuestro rol como mediadores sembrar la semilla de la adquisición de cosas nuevas y positivas para sus vidas, pero sobre todo hacerles saber cuán importantes son para el futuro del país y para sus familias. Es lamentable ver que muchos jóvenes del mundo se pierden en vicios, sin embargo no es un hecho imposible que nosotros como docentes no podamos cambiar esa realidad.

Cuando cursaba mi maestría en Pedagogía, un equipo multidisciplinario de maestros de Colombia me invitaron a un congreso sobre Educación Holística en Latinoamérica, fue una experiencia enriquecedora y amena, y recuerdo que nos sugirieron a los presentes mirar dos películas, que también por medio de este artículo quiero recomendar: “Cadena de Favores” y “Tres Idiotas”.
La primera nos hace reflexionar sobre el poder transformador que tenemos los educadores sobre la vida de nuestros estudiantes y la forma en que lo hacemos, lo que origina un espiral que nos lleva a eventos de gran magnitud y relevancia para las vidas de nuestros aprendientes, es decir, lo que llamaríamos efecto mariposa. Esta película muestra la sencillez de educar con amor y compromiso social, lo positivo que puede resultar promover los buenos valores y prácticas que la sociedad necesita; y la segunda película trata sobre cómo un joven le da una lección de vida a su maestro que en una ocasión subestimó su talento humano e inteligencia, demostrando aquel pensamiento popular que el discípulo supera al maestro, pero sobre todo nos muestra como la humildad de una alumno lleva a cambiar el sentido pesimista de ver la vida de un profesor.

En fin, cito estas dos películas por que en nuestra cotidianidad, insisto, sí incide lo que promulgamos a nuestros estudiantes. Cada asignatura que impartamos debe llevar una carga motivacional que les haga recordar el por qué están ellos sentados en las aulas de clase.

Recordemos que no somos seres desconocidos para ellos, representamos la figura secundaria después del hogar, un receptáculo de formación profesional. Si examinamos detenidamente, a veces ellos aprenden rápidamente a estudiarnos, sobre todo si expresamos emocional o corporalmente algún estado de ánimo.

Tanto los profesores como los alumnos se sienten infelices. En los docentes tal infelicidad se manifiesta en desmotivación, depresión y enfermedades físicas, en tanto que en los estudiantes se manifiesta en desinterés, rebeldía, trastornos de atención y del aprendizaje, y violencia… Debemos dar un salto desde el uso de la educación como medio de transmisión o reproducción de una cultura a un uso de la educación al servicio de una transformación, que nos lleve desde nuestra presente condición a algo que no conocíamos. Naranjo (2007: pp.14-15)

El nuevo modelo de educación transformadora debe empezar con un esfuerzo personal partiendo de lo extraacadémico, al manifestar interés por nuestros estudiantes, haciéndoles ver lo importante que son para el crecimiento y desarrollo de nuestro país y el aporte con sus talentos humanos según el don que posean.

Como educadores tenemos la responsabilidad de formar seres humanos portadores de valores, amor y espiritualidad. Ramón Gallegos Nava (1999) en su libro Educación Holística. Pedagogía del Amor Universal refiere que “El amor es la necesidad más básica de los seres humanos, un corazón amoroso es un corazón con sabiduría y la verdadera educación es inseparable de ambos” (p.56) o como acuñara el sabio Confucio “La educación genera confianza, la confianza genera esperanza y la esperanza engendra la paz”.
Educar con Amor es una misión altruista

Claudio Naranjo Cohen, reconocido psiquiatra y escritor chileno, pionero y máximo representante de la psicología transpersonal, enfatiza en su libro “Cambiar la educación para cambiar el mundo”, que debemos trabajar profundamente nuestro propio entusiasmo para que así nuestros aprendientes puedan creer en lo que les estamos tratando de comunicar. Se trata de impregnar en cada una de nuestras clases ese espíritu de aventura y entusiasmo por lo que se está a punto de debatir. Naranjo insiste en la aplicación de un modelo más integrador e inclusivo, que contemple la integración de conocimientos y la integración intercultural de cada estudiante con una visión planetaria de las cosas, llevando a un equilibrio entre la teoría y la práctica; abarcando con totalidad a la persona en cuerpo, emociones, intelecto y espíritu. Naranjo (2007:32)

Educar es más que una tarea de jornada laboral, es abrir las alas de nuestros estudiantes, para volar con seguridad ante la vida, estar convencidos que cada estudiantes es un diamante en bruto que necesita ser pulido. Pero esto en parte solo lo lograremos potenciando nuevos escenarios de aprendiencia para nuestros jóvenes y como planteara Leonardo Boff en el prólogo del libro Placer y ternura por la educación. Hacia una sociedad aprendiente de Hugo Assmann, “El ambiente pedagógico tiene que ser un lugar de fascinación e inventiva, no inhibir, sino propiciar la dosis de ilusión común entusiasta requerida para que el proceso de aprender se produzca como mezcla de todos los sentidos…” (2002:28).

Educar con amor es una misión altruista, es poner en relieve nuestras propias capacidades sensitivas y humanísticas, es llevar a nuestros jóvenes la confianza de sus propias cualidades y dones excepcionales. Educar con amor supone transformar primero nuestro interior para luego transformar nuestro entorno. Es dejar que cada estudiante sea parte de una sola historia, aquella que inicia cada semestre. Tanto maestro como alumno son un equipo.
Todos recordamos a aquel maestro de primaria que nos trataba con ternura, asimismo, demos esa misma lección a nuestros alumnos, tratémoslos con ternura, respeto y amor a como nos fascinó en el pasado ser tratados.

Como docente me identifico con Claudio Naranjo, a quien cité en este artículo con uno de sus libros, sin embargo lo cito nuevamente, pero en esta ocasión, con palabras literales durante una de sus conferencias: “No soy profesionalmente un educador, sino un médico, aunque últimamente me siento más educador que médico”, podemos no ser educadores de profesión, pero en realidad, es el compromiso personal y el amor a lo que hacemos, lo que nos convierte en seres con vocación.

 

¡A la libertad por la Universidad!

Escrito por:
Martha E. Ortiz Ramírez
Máster en Educación con Especialidad en Pedagogía del Aprendizaje,
Universidad Evangélica Martin Luther King Jr.
Docente en la Facultad de Educación e Idiomas de la UNAN-Managua
Licenciada en Filología y Comunicación
Periodista de la Oficina de Divulgación de la UNAN-Managua